Contexto histórico

Contexto histórico

La presencia judía en Córdoba se remonta  a la época romana, según parece, procedente de comunidades del Norte de África, aunque alcanzará su mayor desarrollo en la época islámica, que puede considerarse la Edad de Oro del Judaísmo en la Península, cuando la presencia de ministros judíos en el gobierno del califato y la influencia de las escuelas rabínicas de Córdoba alcanzaron su máximo apogeo.

Efectivamente, será durante el reinado del califa Al-Hakam II (915-976), gran impulsor de la cultura y del saber, cuando los judíos logren cotas de poder y presencia pública que nunca más alcanzarían, junto a un merecido prestigio en el ámbito del saber, la medicina y la educación. La comunidad judía poseía privilegios casi similares a los que ostentaban los musulmanes. De este período de esplendor destaca la figura de Hasday ibn Shaprut, ministro de finanzas del califa y, al mismo tiempo, nasí o príncipe de los judíos, además de hábil diplomático y protector de las artes y la cultura. Creó en Córdoba una de las más importantes escuelas talmúdicas del mundo.
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A la muerte de Al-Hakam II, y, sobre todo, de Almanzor (1002), el califato entraría en una imparable decadencia, que culminará en una guerra civil que afectó especialmente a la comunidad judía. La intolerancia religiosa llegó de la mano de las invasiones de los imperios norteafricanos, almorávides y almohades, fanáticos e intransigentes, que persiguieron a los judíos hasta obligarles a convertirse al Islam o huir. A pesar de ello, en esta época vivió el gran filósofo judío Maimónides (1138-1204), que tanta influencia tuvo en el pensamiento medieval.

Con la conquista cristiana de Córdoba en 1236 por parte de las tropas de Fernando III el Santo la comunidad judía volvió a recuperar parte de su importancia después del período de dominación almorávide y almohade. Y esto fue posible gracias a que el rey concedió los mismos derechos a cristianos, judíos y musulmanes en el fuero de la ciudad, como prueba la licencia concedida a éstos para la construcción de una sinagoga (1315), a pesar de la oposición del cabildo.

No obstante, la convivencia entre comunidades no fue, ni mucho menos, fácil desde un primer momento. Determinadas actividades, realizadas por los judíos, como el préstamo con usura, alentaron un creciente sentimiento antijudío, reiteradamente explotado en su contra. La Iglesia trató de apartarlos y así en el caso de Córdoba, el 12 de abril de 1250, el Papa Inocencio IV daba facultad al obispo para que apremiase a los judíos de la ciudad y la diócesis a que llevasen un distintivo identificativo. En esta misma fecha, también se les prohíbe la construcción de una gran sinagoga en la ciudad. En concreto, el arcediano y el cabildo eclesiástico criticaban el proyecto de construir “sinagogam superfluae altitudinis”, esto es, una sinagoga de gran altura.

Otra prueba de esa creciente malestar antijudío eran los diezmos que debían pagar a la catedral y otra serie de impuestos. Por ejemplo,  el 25 de julio de 1271, el rey Alfonso X, les fija una contribución pagadera al obispo para reparar los caños de agua de la ciudad. El mismo Alfonso X manda al concejo, alcalde y alguacil de Córdoba que sean liberados los “moros y moras” cautivos de los judíos que se conviertan a la religión cristiana.

Otros oficios que desempeñaban los judíos eran la artesanía, el comercio y la medicina. También se ocupan de cargos públicos al servicio de los poderosos como la recaudación de impuestos (los protocolos notariales citan a un tal Yuce como recaudador, del que se dice que es judío).

Esta difícil convivencia tuvo tres momentos significativos en los que estalló una violencia antisemita de grandes proporciones como el pogromo de 1391. Un pogromo, del ruso погром, pogrom, «devastación», consistía en el linchamiento multitudinario, espontáneo o premeditado, de un grupo particular, étnico, religioso u otro, acompañado de la destrucción o el expolio de sus bienes como casas, tiendas, centros religiosos, etcétera. El término ha sido usado para denotar actos de violencia sobre todo contra los judíos. El de 1391 comenzó en varias ciudades castellanas y fue especialmente virulento en las ciudades de la Bética, como Alcalá de Guadaira, Úbeda o Jaén. El motivo principal de tal persecución fue la acusación a los judíos de ser los culpables de la peste negra que asolaba Europa, al acusarles de envenenar las aguas de las ciudades. Muchos judíos decidieron convertirse al cristianismo como medida para salvar sus vidas.

En Córdoba hubo un nuevo rebrote antijudío en 1406; la judería fue asaltada y destruidas casas y propiedades de los judíos. Debido a tales hechos, el rey Enrique III el Doliente impuso una multa de 40.000 doblones a la ciudad de Córdoba, aunque no fue pagada en su totalidad. Como consecuencia de esta nueva matanza, muchos judíos se establecieron en Granada.

Cruz_del_rastro,_.jpgA partir de estos momento, más que de un problema judío, hay que hablar de un problema de conversos, ya que las persecuciones que se darán con posterioridad tendrán como objetivo fundamental a este colectivo, a los que se seguía identificando con usureros, apegados a los señores y acusándoles de criptojudíos (practicar la religión judía a escondidas). Es por ello por lo que podemos decir que el antisemitismo tenía un fuerte componente social. En 1473, en Córdoba hubo una auténtica masacre de conversos, que también se extendió a otros puntos de Valle del Guadalquivir. Es el episodio conocido como “La Cruz del Rastro”. Liderados por un tal Alonso Rodríguez, un herrero, la masa comenzó a prender fuego a las casas de los conversos, con el pretexto de vengar una ofensa. Según contaban, desde las ventanas de la casa de un converso se había arrojado aguas fecales contra la imagen de la Virgen en procesión. El gobernador Alfonso de Aguilar, junto con su hermano Gonzalo Fernández de Córdoba y otros caballeros, pidieron a los amotinados que cesaran los disturbios. Pero, la gente se indignó aún más por la actitud de las autoridades, prosiguiendo los ataques contra las casas de los conversos en las calles de la Ropería, Santa María de Gracia, Curtiduría, Alcaicería o Platería. El propio gobernador tuvo que refugiarse en el alcázar con los judíos y conversos. Este nuevo pogromo se extendió por Montoro, Bujalance, Almodóvar, La Rambla, Écija, Andújar, Baeza, Úbeda y Jaén, ciudad ésta en la que el condestable Lucas de Iranzo fue asesinado por defender a los conversos. En esta revuelta se aprecia que el odio contra el judío y el converso encubría, realmente, el odio contra los señores que los amparaban.


A pesar de lo dicho, la presencia judía se mantuvo en Córdoba, tal y como demuestra el hecho de que en 1478, el corregidor cordobés Francisco Valdés obligó a los judíos a vivir en la antigua judería, junto al Alcázar Viejo. Los judíos, sin embargo, reclaman ante el rey, Fernando el Católico, quien por cédula de 1479, les permitió volver a su antiguo recinto, tras volver a levantar el muro y las dos puertas de acceso, una, la de la Judería, situada frente al ángulo noroccidental de la Mezquita-Catedral y la otra, la denominada de Malburguete, de ubicación desconocida. Esta emplazamiento abarcaría un recinto que coincidiría con las calles que van desde la Puerta de Almodóvar, al Norte, hasta el palacio episcopal y la mezquita, al sur, y hasta las Caballerizas al sureste. Allí permanecerán los judíos hasta su definitiva expulsión. Efectivamente, tras la toma de Granada, los Reyes Católicos dictan el Edicto de Granada, por el que se decreta la expulsión de los judíos de todo el territorio cristiano. Este decreto supondrá un golpe durísimo a la maltrecha economía cordobesa y pondrá fin a una complicada convivencia de las tres culturas durante siete siglos.

«Muralla de la calle Cairuán y Puerta de Almodóvar (Córdoba, España)» de Michael Bryan. Entrada Norte de la Judería de Córdoba.

Fuente: Wikimedia Commons.